Aún hoy recordamos tu partida.
Tu mirada apacible ante la muerte
nos sigue acompañando en nuestro empeño
de amar lo noble y lo bueno, la virtud
que tu vida nos hizo tan amable.
El premio es bello y la esperanza grande,
nos decías. ¿Cómo tener ya miedo?
Hemos visto a otros tantos que han seguido
tus pasos a esa vida inagotable
y han cantado, como el cisne en su agonía,
con el alma henchida de entusiasmo,
sin faltarles siquiera un gesto amable
—tu caricia en mi pelo, no la olvido—
para los que aún estamos en la brega.
He escuchado en su boca tus palabras:
Vale la pena el riesgo de creer,
que nos tomen por tontos e ignorantes
por creer en el alma y sus moradas;
es bello el riesgo de creernos inmortales,
de vivir en tensión hacia lo excelso,
aunque nos falten pruebas y acudamos
a la fe y a los cantos de los niños.
¿Qué prueba más rotunda que tu vida?
¿Qué prueba más fehaciente que tu muerte?
Así quiero morir, obedeciendo
a un mandato perentorio de los dioses,
de honrar aquella música más grande
—que habría de llevarte a la condena—
componiendo poemas de alabanza
y mitos que aligeren la partida.
Que un buen vino reemplace la cicuta
para hacer la libación como es debido
y recibir la muerte, paladeando
los múltiples placeres de la vida.
Y mientras siga el tiempo a nuestro lado,
seguimos meditando tu enseñanza
—el secreto de la filosofía—
hasta hacer alma nuestra tus palabras,
y mantener tu herencia siempre viva,
tú que fuiste el mejor de los maestros,
el más sabio y más justo de los hombres.