Acordaos, por Dios, señora

Jorge Manrique


Acordaos, por Dios, señora,

cuánto ha que comencé

   vuestro servicio,

como un día ni una hora

nunca dejo ni dejé

   de tal oficio;

acordaos de mis dolores,

acordaos de mis tormentos

   que he sentido;

acordaos de los temores

y males y pensamientos

   que he sufrido.

Acordaos cómo, en presencia,

me hallasteis siempre firme

   y muy leal;

acordaos cómo, en ausencia,

nunca pude arrepentirme

   de mi mal;

acordaos cómo soy vuestro

sin jamás haber pensado

   ser ajeno;

acordaos cómo no muestro

el medio mal que he pasado

   por ser bueno.

Acordaos que no sentisteis,

en mi vida, una mudanza

   que hiciese;

acordaos que no me disteis,

en la vuestra, una esperanza

   que viviese;

acordaos de la tristura

que siento yo por la vuestra

   que mostráis;

acordaos ya, por mesura,

del dolor que en mí se muestra

   y vos negáis.

Acordas que fui sujeto

y soy, a vuestra belleza,

   con razón;

acordaos que soy secreto,

acordaos de mi firmeza

   y afición;

acordaos de lo que siento

cuando parto y vos quedáis,

   o vos partís;

acordaos cómo no miento,

aunque vos no lo pensáis,

   según decís.

Acordaos de los enojos

que me habéis hecho pasar,

   y los gemidos;

acordaos ya de mis ojos,

que de mis males llorar

   están perdidos;

acordaos de cuánto os quiero

acordaos de mi deseo

   y mis suspiros;

acordaos cómo si muero

de estos males que poseo,

   es por serviros.

Acordaos que llevaréis

un tal cargo sobre vos

   si me matáis,

que nunca lo pagaréis

ante el mundo ni ante Dios,

   aunque queráis;

y aunque yo sufra paciente

a muerte y de voluntad

   mucho lo hecho,

no faltará algún pariente

que dé queja a la Hermandad

   de tan mal hecho.

Después que pedí justicia,

torno ya a pedir merced

   a la bondad,

no porque haya gran codicia

de vivir, mas vos habed

   ya piedad;

y creedme lo que os cuento,

pues que mi mote sabéis

   que dice así:

ni miento ni me arrepiento,

ni jamás conoceréis

   al en mí.


CABO

Por fin de lo que desea

mi servir y mi querer

   y firme fe,

consentid que vuestro sea,

pues que vuestro quiero ser,

   y lo seré,

y perded toda la duda

que tomasteis contra mí

   de ayer acá,

que mi servir no se muda,

aunque no pensáis que sí,

   ni mudara.


Go back
Built with Hopkins by JPIglesias